Desde España, con amor

Esta es una pequeña carta de amor a mis amigos catalanes. He tenido la suerte de vivir en Barcelona durante unos años y de haber hecho buenos amigos ahí, de diferentes procedencias e ideologías. Como observadora nada neutral de todo lo que está sucediendo en Catalunya en los últimos tiempos, puedo decir que comparto la desazón y la incertidumbre que muchos de ellos me han manifestado.

En momentos como estos, consuela elevar la mirada y darse cuenta de que formamos parte de algo más grande, que quizás desde nuestro pequeño lugar en el mundo no atisbamos a aprehender del todo. Asistimos al (aparente) triunfo de la posverdad, una de las paradojas de este siglo XXI que, con la revolución tecnológica y de la información, no ha traído consigo precisamente un renovado racionalismo, sino el reinado de los “hechos alternativos”, del sentimentalismo y del pensamiento mágico. Parece que, a lo largo de la historia, a un ciclo de esplendor sucede otro de decadencia, a uno de ilustración otro de ignorancia, y así poco a poco la Humanidad va avanzando inexorablemente, pero retrocediendo un poco cada vez, acaso para no llegar demasiado rápido a no se sabe bien dónde. Pero esto no puede hacer que perdamos la perspectiva: tenemos la suerte de vivir en el mejor momento de la Historia.

Volviendo a Catalunya, siempre me ha llamado la atención la peculiar relación entre la izquierda y el nacionalismo. A mi entender, todo nacionalismo es, por naturaleza, excluyente, pues marca una diferencia entre ellos y nosotros. Y esto choca frontalmente con los que, para mí, son los  principios fundamentales de la izquierda: la igualdad y la solidaridad. Sé que es muy difícil no sucumbir a la tentación de creernos mejores que el resto (¡yo misma soy estupenda!). Pero, si de verdad uno es de izquierdas, en este siglo XXI no puede ir defendiendo la división de los ciudadanos en función de su lugar de nacimiento o de su ideología, ni la fragmentación de los Estados en unidades menores de decisión, cuando se trata de hacer frente a los desafíos de la globalización que se caracterizan precisamente por su magnitud y alcance. Si poco pueden hacer ya los Gobiernos estatales frente al poder de las grandes multinacionales, frente al cambio climático o para garantizar la seguridad de sus ciudadanos, ¿alguien puede creer que la solución pasa por crear nuevas fronteras? Desnacionalicemos, por favor. Las banderas y las naciones, como en su día la religión, son instrumentos útiles para polarizar el debate (a favor o en contra), para eliminar en falso la complejidad del mundo actual y ofrecer al “pueblo” falaces disyuntivas que prometen curar todos los males. Pero en realidad se trata solo de una lucha por el poder, y envueltos en ellas se ocultan quienes encubren carencias y corrupciones.

Y a los que, a pesar de todo, piensen “¿y si somos los mejores?”, ¡bueno y qué!… Pues utilizad vuestra más aguda inteligencia, vuestro más fino ingenio y todas vuestras proverbiales dotes en pos de un proyecto común. Catalanicemos España, ¡no la demos por perdida! Os queremos, os necesitamos fuertes y concentrados en lo que de verdad importa: la lucha contra la desigualdad y la discriminación, contra la precariedad laboral, contra la corrupción, en la apuesta por una educación pública integradora y de calidad, por una sanidad pública moderna y eficaz, por una Administración pública capaz de servir con excelencia a los ciudadanos… Por favor, no perdamos más el tiempo. Dejemos los debates sobre esencias y sentimientos para las discusiones de café y centremos el debate público sólo en aquello que nos es común, en lo que nos aproveche a todos, en nuestros derechos y nuestros deberes como ciudadanos, en cómo podemos trabajar para conseguir un futuro mejor. Mejor para todos. Juntos. España necesita tanto a Cataluña como a una izquierda inteligente y desacomplejada, que abrace su pasado y se proyecte hacia el futuro como la fuerza que nos ofrezca el proyecto y la esperanza de un mañana mejor.

Ana Varo Lara

Jurista
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